LA DISPUTA SIMBÓLICA
Acabamos de leer un ejemplo de posibles
negociaciones o resistencias a la imagen de un personaje mediático
como Madonna. Sin embargo, hay identidades y espacios simbólicos
mucho más cercanos que -aunque atravesados y modificados por los
medios y los discursos hegemónicos- existen desde hace años en
nuestras sociedades. Hoy ya no pensamos en el “buen salvaje” (esa
terminología y mito que surge a partir del contacto del europeo con
las tribus americanas) como algo lejano y exótico, sino que sabemos
que la cuestión se ha complejizado bastante. Y sin embargo, algunas
“ caracterizaciones” tan simplistas como la del “buen
salvaje”siguen funcionando en la vida cotidiana. Un ejemplo
interesante para comprender cómo funcionan en realidad – sobre
todo, por el tipo de análisis que lleva a cabo, cercano a la
descripción densa propuesta por Geertz- es el trabajo de Rosana
Guber sobre la identidad social villera.
Villa Miseria, identidades y pertenencias
Rosana Guber -a partir de un trabajo de
campo realizado entre 1982 y 1983, en una villa miseria de la zona
sur del Gran Buenos Aires- plantea reflexiones muy válidas con
respecto a las disputas simbólicas vinculadas con ciertos elementos
estructuradores de lo social. Además, destaca que estas
observaciones no deben ser aplicadas automáticamente a otros
asentamientos en otros periodos históricos sin realizar antes un
análisis detallado del contexto en cuestión.
Seamos sinceros: todos entendemos qué
queremos decir -al menos básicamente- cuando calificamos a alguien
de “villero” (o sus variantes, tales como “ cabecita negra”,
“cabeza”, etc.) Sin embargo, ¿sabemos de dónde vienen estas
expresiones? ¿Qué significan y que sentidos producen en la
población de estos asentamientos? ¿Cómo ha cambiado a los largo de
los años? Guber traza un rápido panorama histórico, para entender
sus raíces y orígen: como actor social, el “villero”comienza a
aparecer con la llegada de los primeros grupos significativos de
migrantes internos a las grandes ciudades del Litoral argentino y a
la Ciudad de Buenos Aires (por entonces, Capital Federal), hacia
1930-1940. Esto hizo renacer -y con más fuerza- una vieja disputa
que existe desde los primeros tiempos de la conquista española: “
la confrontación entre el Puerto blanco, europeizante y centralista,
y las Provincias federales y mestizas”. Los habitantes de las
ciudades, descendientes en su mayoría de europeos inmigrantes y
familias “tradicionales” del Río de la Plata denominaron a los
recién llegados como “cabecitas negras”, “descamisados”,
expresiones despectivas para marcar la diferencia entre “nosotros”
y “ellos” (o los “otros”). En este sentido, es muy reveladora
la resignificación -es decir, tomar un concepto o término, y
reformular su sentido- que Eva Perón hizo el término
“descamisados”, invirtiendo el sentido degradante que
originalmente tenía (pueden encontrar información sobre esto en
discursos y registros de la época).
Durante la década de gobierno
peronista (entre 1945 y 1955), esta tensión tuvo posiblemente su
pico más alto. La considerada por algunos como “ masa ignorante”,
estaba de acuerdo con las medidas sociales que el gobierno proponía,
mientras que la oligarquía, el partido comunista argentino, el
socialismo y el radicalismo se oponían al oficialismo de la época.
Fue entre 1955 y 1970 que la denominación de “villero” se vuelve
más frecuente, para designar a los habitantes de asentamientos
precarios, descendiente del “cabecita negro”. Estas villas
miseria o de emergencia se enfrentaban a una expectativa
gubernamental que pretendía modernizar el país y “borrar de la
imagen urbana estos testimonios de la indigencia”. Por entonces,
empieza a configurarse la identidad del villero como tal, con
determinadas características: la mayoría venía del norte de
Argentina o de algún país limítrofe (Paraguay y Bolivia); la
inserción laboral solía darse a través de tareas más remuneradas
y poco especializadas; en general, a nivel político, son peronistas;
sus formas y pautas de vida preservaban los saberes tradicionales
(medicinales, culinarios y religiosos) de las provincias y lugares de
origen.
¿Quién es el villero?
La definición que tiene el villero
desde la Capital y el Gran Buenos Aires según Guber es la siguiente:
“el villero es una figura social a la que se suele caracterizar por
su anomia, es decir, carencia de reglas y de moral; por su apatía,
al no preocuparse por el progreso material y espiritual, ni tampoco
por el porvenir de sus hijos. Sucio, promiscuo e indigente, se
abandona a la vida fácil y se dedica al robo; si trabaja, lo hace
para satisfacer las necesidades del día y para pagar algunos vicios,
pues se da especialmente a la bebida; estos rasgos pueden explicarse
-según esta caracterización- por la incultura, ignorancia y su
desconocimiento de las normas de urbanidad y, se argumenta en algunos
casos, por su inocencia provinciana, el excesivo apego a tradiciones
rurales que obstaculizan su camino hacia la integración cultural,
hacia una exitosa movilidad socioeconómica”. Y como esta mirada se
sustenta en los valores de los sectores hegemónicos (en este caso,
las clases medias y la burguesía de Buenos Aires), es la imagen a
través de la cual la población bonaerense conoce o conceptualiza al
villero. Lo interesante que destaca Guber es que el villero se hace
cargo de esta visión y algunas características incluso forman parte
de su identidad social. Esto en principio puede parecer una actitud
sumisa (o que está de acuerdo con la mirada hegemónica), pero no es
así. Mirando más profundamente, Guber propone que hay dos rasgos
manifiestos en esa mirada que constituyen la identidad social
villera, y que dan sentido a su discurso y acciones: la pobreza y la
inmortalidad. La primera alude a la carencia (total o parcial) de
bienes y recursos que tienen un importante valor social. El villero
no tiene una casa digna, ni suelo propio, ni trabajo estable. Tampoco
tiene educación adecuada , ni condiciones sanitarias correctas. De
acuerdo con el trabajo de campo realizado por Guber y su equipo, el
villero tiene las mismas expectativas que el resto de la población
con respecto a sus necesidades, pero con una dificultad añadida: las
limitaciones reales que hacen muy difícil el acceso a determinados
recursos y por lo tanto, al cumplimiento de esas expectativas.
Y además, hace algunas observaciones
muy interesantes con respecto a la resignificación que los
habitantes de estos asentamientos hacen de ciertas imágenes sobre el
villero. Este tipo de operaciones semánticas son escenarios de
lucha, de definición de identidades y diferenciación con respecto a
los significados “oficiales” y “aceptados”. Aunque
habitualmente lo olvidemos, todo sistema de comunicación -y por lo
tanto, el lenguaje- se enmarca dentro de una determinada cultura,
desde una mirada determinada, en un contexto social e histórico
particular. Lo que nos parece “natural”suele ser una convención
aceptada que determina los sentidos que se aceptan mayoritariamente
en ese momento, pero no quiere decir que sean los únicos. Guber
plantea que el término “pobreza” (y muchos de los relativos a
ella) se resignifica “según el contexto sociocultural”,
trabajando sobre la “conceptualización y manipulación social que
se hace de la misma”.
Observando y analizando varios
conceptos, en especial el de “estigma” (entendido como un
atributo que brinda información sobre quien lo sufre, y esa
información puede ser manipulada en función de quién la comprenda,
o cómo se manipule), Guber propone que la identidad social villera
expresa continuamente una articulación de este sector de la
población, incorporando varios atributos cuya estigmatización está
impuesta por los sectores hegemónicos. Pero lejos de ser “sumiso”
a esos sentidos hegemónicos -que comprende y reconoce- el villero
usa su propio estigma para mejorar su condición. Ese “signo
negativo” sobre su identidad puede usarse como un arma para lograr
sus propios fines, revertirlo para obtener recursos (“ante la
Iglesia, el villero aparece como pobre y fiel cristiano; ante el
Partido Justicialista, como pobre y peronista”) y asegurar la
supervivencia de los suyos e el complicado contexto en el que viven
(diferenciando los valores y la moralidad de su familia en
comparación con el resto de habitantes de la villa, frente a un
no-villero). Guber termina diciendo que: “Ni abiertamente
impugnador, ni claramente sumiso, el villero construye y utiliza su
identidad a través de la experiencia de su constante lucha por la
vida”.
Lo interesante de todo este estudio es
que si bien se conocen y se “aceptan”ciertos conceptos, el
villero no tiene una posición totalmente sumisa frente a ellos, sino
que lee y significa esos conceptos de acuerdo a su propia realidad y
lectura de los mismos. Y a su vez, resiste y se articula con la
lectura o propuesta hegemónica para constituir su identidad. Todos
los procesos identitarios son complejos, más allá de que “la
historia oficial”los plantee como unívocos.
La mirada del otro y hacia el otro
Tratar de entender cómo viven y cómo piensan otras sociedades, buscando más de una explicación, más de una interpretación, puede ayudar a comprender a los distintos grupos de personas que conforman lo que denominamos ¨humanidad¨. Aunque se hable en general, aunque se sepa que el hombre es biológicamente el mismo aunque tenga piel de distinto color, distinta altura, distinto peso, distinto pelo, que sufre, siente y ama, tiene distintas claves para interpretar el mundo y para aproximarse al mundo y a los otros seres. Lo hace siempre desde su propia cultura. No podemos decir que las costumbres diferentes a las nuestras estén bien o mal; no se trata de juzgar. Por ahora nos tenemos que formar para abrir los ojos, tener alertas los oídos, agudizar el sentido crítico y tener siempre presente el respeto y la tolerancia hacia los demás. Y más aún cuando el mundo globalizado nos enfrenta con miradas que hace unos quince años eran mucho menos cotidianas para nosotros: podemos enterarnos de cómo se vive en un pueblo del otro lado del mundo sin salir de casa. Esto añade un grado de complejidad a los estudios culturales y comunicaciones que hace un par de décadas eran absolutamente impensables. Ya no se trata de estudiar tribus o sociedades diferentes y reflexionar sobre ellas. A través de las nuevas tecnologías y los medios sociales, el otro está aquí, en casa, con su visión del mundo y sus costumbres. Y además, nosotros somos otros para ellos. Además, esto tiene su correlato en el mundo físico: el flujo de las corrientes migratorias en los últimos años, por otros lados, nos acerca a ese mundo que retrató tan precisamente la película Blade Runner, un relato sobre un futuro multirracial, en el que conviven seres humanos de todos los orígenes, mezclando costumbres de distintas culturas. Y no tanto por la decadencia de esa tierra olvidada, sino por la mezcla de sus habitantes. El mundo es plural, aunque a muchos no les guste. Y una mirada amplia, flexible, respetuosa -lo que nos significa estar de acuerdo completamente con todo lo diferente- es lo que hace falta para comprender el entorno en el que vivimos.
Mecanismos de construcción de legitimidad en la cultura
Hemos estado hablando de como funcionan -y de cómo deberían funcionar- la cultura y la comunicación en la vida cotidiana. Sabemos que existe una mirada hegemónica que impera en una sociedad y en un tiempo histórico determinado, ¿pero cómo se imponen y cómo se legitima? Las personas no son tontas ni sumisas, con lo cual está claro que existen mecanismos que llevan a que esas ideas se acepten -o al menos se toleren- por parte de la mayoría de los miembros de esa cultura. Una de las formas más antiguas (y eficaces) de hacerlo es a través del etnocentrismo. Es un buen ejemplo para entender cómo funcionan las estrategias para legitimar cierta mirada sobre el mundo, ya que este tipo de mecanismos pueden aplicarse de distintas formas, en diferentes sociedades y en diversos períodos históricos.
Etnocentrismo
Etnia es un grupo humano que comparte una tradición cultural y por consiguiente tiene determinados valores, diferentes o no de otros grupos humanos. Y una de las características comunes que en general poseen las distintas comunidades es ver a su propio modo de vida como el ¨normal¨ y ¨lógico¨, y el de los pueblos diferentes como extraño, a veces ridículo o inferior. Esta actitud se denomina etnocentrismo: consiste en juzgar a las demás culturas de acuerdo a nuestras pautas, tener una alta valoración de nuestras características culturales y desvalorizar a las demás.
Es muy común calificar al otro por lo que no es; por ejemplo, los europeos designaron a los pueblos africanos como ¨no blancos¨. El etnocentrismo ofrece siempre una imagen negativa y deformada de las otras culturas, señalando su ¨inferioridad, salvajismo o atraso¨ respecto a la nuestra.
ACTIVIDAD DE LECTURA COMPRENSIVA
Guía de preguntas:
1) Mencione un ejemplo de identidad y
espacio simbólico propio.
2) ¿Cuál es el tema de investigación de
la antropóloga Rosana Guber para analizar las disputas simbólicas
que existen en la sociedad? ¿Qué es lo que menciona respecto al
contexto?
3) ¿De dónde proviene el término
“villero”? ¿Cambió su significado con el tempo? ¿Por cuál?
4) En el texto se mencionan algunas
características de la identidad villera que entre 1955 y 1970
empezaba a incrementarse. ¿Cuáles son?
5) ¿Están de acuerdo con las
definiciones que algunos de los sectores de la Capital Federal y el
Gran Buenos Aires suelen tener sobre “el villero” que Guber
menciona en el texto? ¿Por qué creen que piensan así?
6) A partir de la lectura de la clase
pasada y la lectura del siguiente texto: mencione un ejemplo de
discurso hegemónico y otro de discurso contrahegemónico.
7) ¿Cuál sería a partir de las lecturas
preferentes de Hall la postura que tiene el “villero” ante el
discurso estigmatizante hegemónico?
8) ¿Qué es el ETNOCENTRISMO?
9) ¿A quién se refiere el texto al
marcar la diferencia entre “ellos” y “nosotros”?
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